"AHORA EMPIEZA LA HISTORIA" : INTERDEPENDENCIA Y GÉNEROS DIFUSOS EN G. B. VICO

Amadeu Viana
Facultat de Lletres
Universitat de Lleida
 
 
 
 
 

1. Cuenta la antropóloga británica Mary Douglas que un dia un taxista norteamericano le pidió que respondiera a una pregunta recurrente en el grupo de discusión de la Biblia al que el taxista acudía: ¿qué son antes, Adán y Eva o los dinosaurios? [1] Douglas, acostumbrada a los vaivenes discursivos, enlaza la pregunta con recientes idas y venidas de su propia labor intelectual. Desde luego, para responder a la pregunta hay que tener en cuenta a la vez diferentes niveles u órdenes del discurso, y seguramente también diferentes tipos de lógica. Una de las cuestiones que aparecen en primer lugar es que supimos antes de Adán y Eva que de la precedencia histórica de los dinosaurios, o, dicho de otra manera, que parece que supimos después lo que creemos que ocurrió antes. No es una cuestión trivial, a la luz especial de la Ciencia Nueva, que el orden del discurso nos enseñe un principio más antiguo, ni que el reconocimiento de al menos dos niveles de respuesta sea la mínima complicación posible. Otro tema es qué conocemos realmente cuando tenemos noticia de Adán y Eva y cuando reunimos información sobre los dinosaurios. Se trata en un caso de información textual documentada en la tradición escrita y en otro de información escrita avalada por la investigación arqueológica. Qué es más real depende en cada caso de cómo tratemos la información y cómo nos acerquemos a las fuentes. Aquí también surge el problema de la representación discursiva y los niveles lógicos.

La última cuestión es la de la compatibilidad de las versiones y eso nos situa ya en el terreno de la hermenéutica. Desde muy antiguo sabemos que ayuda a la comprensión de un texto conocer sus ramificaciones genéricas y sus coletillas discursivas. Con Gadamer (1960) hemos aprendido a combinar las versiones con el conocimiento moderno y hemos recordado pertinentemente la labor tanto antigua como reciente de la exégesis bíblica. El resumen es que el conflicto de interpretaciones se renueva en cada generación. [2] Siempre hay datos nuevos que encajar con la información parcial que nos ha llegado de los antecesores. Cuando reunimos puntos de vista distantes alteramos la perspectiva. Después están las fuentes que no citamos por demasiado sabidas o quizás por incómodas. Decimos lo que creemos pertinente; como afirmaba Ortega, siempre un poco menos, y siempre un poco más.

Con Gusdorf (1973) hemos aprendido a tratar las disciplinas de la misma manera: como fragmentos interdependientes que requieren explicaciones múltiples. La moda de hablar del contacto entre disciplinas oscurece y ahoga lo que debería aparecer como básico: que se trata de poner en común lo que se sabe, más que de reunir cabos dispersos o de navegar de materia en materia. Sería una hipocresía y una severa tergiversación histórica presentar las disciplinas como compartimientos estancos, cuando el mismo vocabulario manifiesta las dependencias.

Por supuesto, no hay un género común que permita saltar entre ellas con elegancia. Aquí, con el semiólogo italiano Paolo Fabbri [3], y desde luego, con Heidegger (1979), me gustaría pensar en el discurso en términos de traducción. Todo traductor resbala entre sus inelegancias. El lenguaje común es el que ponemos en común entre diversas generaciones. El relieve resultante es más bien irregular, con disciplinas altamente dependientes y otras, en cambio, generosas y productivas; con calcos y traducciones fallidas a veces, con buenos errores que llevan a conexiones afortunadas en otras.

Fabbri explica una de esas historias que nos dejan perplejos por ser sugerente y problemática a la vez --y que creo, como él, que arroja alguna luz sobre el problema de las fisuras y la traducción correcta. Fabbri [4] menciona a los hermanos Sozzini de Siena, en los albores del humanismo, por su traducción del comienzo del evangelio de san Juan, En arjé een o logos, como Ahora empieza la historia. Los Sozzini tuvieron por ello que huir de la Inquisición primero hasta Praga, y después hasta Amsterdam, donde parece que entraron en contacto con sectas judías.

No sabemos si la Inquisición estaba especialmente descontenta con los desplazamientos sintácticos y semánticos de los Sozzini; si, por el contrario y con alguna justicia, le asustaba un anuncio tan abrupto y, por lo demás, tan claro, del principio del tiempo histórico; o si simplemente, cosa quizás más creible, le desagradaban las traducciones al vulgar. No sabemos tampoco si los Sozzini no entendían bien el latín o el griego de las Escrituras (a pesar de las glosas que pudiesen circular sobre el versículo primero de san Juan), o si decididamente habían querido ir más allá combinando la sintaxis y la semántica. Pero más allá, ¿adónde? Como en nuestro ejemplo inicial de Adán y Eva y los dinosaurios, aquí "más allá" también remite a un antes, y a la explicación de un antes. Si nos gusta la traducción de los Sozzini, su peculiar manera de resbalar entre las fisuras del vocabulario, es porque proyecta sentido nuevo donde esperábamos sólo la vieja fórmula. Su atrevimiento, parece que perseguido, es dejar libres a las palabras para combinarlas depués en función de sus propios deseos y aspiraciones como autores; al mismo tiempo, destacar las dependencias semánticas claves para que funcione en nosotros la analogía; y emular esos buenos errores que tanto ayudan a veces a los matemáticos y a los físicos momentos antes de construir una explicación o de dar con la solución de un problema.

En rigor, la historia quizás no comienza con un anuncio tan claro de su principio, como propone la traducción, sino con una poderosa analogía, con una fisura de sentido. E. W. Said [5] buscó en los comienzos el punto en el que cada autor situaba lo que le había precedido y lo que estaba dispuesto a ofrecer de nuevo. Estas fisuras exigen tener en cuenta diferentes órdenes de discurso, significados múltiples, transformaciones entre disciplinas. Estrictamente hablando, no hay definiciones de las palabras, sino interdefiniciones, en la medida en que las palabras son relaciones, puntos donde se cruzan líneas de significado diferentes. Desde luego, nadie espera que los significados salten disparados en direcciones opuestas y contradictorias cada dos frases o cada dos morfemas. Para eso construimos versiones y fijamos géneros de discurso que nos libren de la sorpresa y si es posible del disparate. Cuando Beckett y Joyce escriben con sus significados múltiples, nos obligan a construir versiones complejas y a combinar diferentes órdenes de discurso. Aquí los significados no están seguros y necesitamos tener una batería de explicaciones compatibles, como antes para responder a la pregunta del taxista.

Ahora vamos con Vico. Lo que sabemos de la filología moderna no debería apartarnos del planteamiento hermenéutico, y al revés, si puedo decirlo así. Las lecturas modernas suelen traducir más o menos voluntariamente las categorías, la sintaxis y el léxico del napolitano a un lenguaje familiar, cómodo a los oídos contemporáneos. Creo que todos, en algún momento (y quizás en más de un momento), hacemos invariablemente ese ejercicio de traducción, aunque volvamos jubilosos al original a buscar las palabras exactas. Esa traducción, en el caso de Vico, es especialmente poderosa, ya que el napolitano escribía con los significados antiguos, muy de acuerdo con lo que quería transmitir. Por lo tanto en él las palabras sistemáticamente remiten al significado griego o latino, escamotean su valor immediato y su presencia en vulgar, sobre todo ante el lector profano. Si todos hiciéramos eso, escribir con los valores antiguos, nuestros lectores profanos tendrían que hacer idas y venidas constantes a diferentes épocas históricas para fijar nuestros textos. Tendrían que enfrentarse también a la traducción disparatada y la analogía atrevida, leer "sinapsis" cuando escribimos "contacto" y cosas por el estilo.

Aquí es donde creo que Vico se abre al tipo de cuestiones que he venido comentando. Es posible remontarse desde esta circunstancia de su estilo, sus desplazamientos sintácticos y semánticos, hasta el problema de los géneros discursivos y la relaciones entre disciplinas, porque forman parte de la misma trama y la misma práctica en Vico, como intentaré hacer notar en lo que sigue.
 

2. Encuentro particularmente interesante la indagación emprendida por la crítica sobre hasta qué punto Vico tiene en cuenta la presencia de valores y categorías antiguos en su discurso sobre el presente. [6] Aquí, la metáfora del río que en la desembocadura mezcla sus aguas con el mar se vuelve particularmente elocuente:
 

(...) Como una poderosa corriente de un caudaloso río en el mar mantiene largo trecho los trazos de su curso y la dulzura del agua, así penetra la edad de los dioses, ya que debió perdurar en ellos [en los primeros gobiernos humanos] esa manera religiosa de pensar por la que los dioses hacían todo cuanto hacían los hombres (...) (SN44, §629)
 

Parafraseando a Verene (1984:111), si la navaja de Ockham había de servir para recortar las teorías innecesarias, el río caudaloso de Vico podría servirnos para recordar la confluencia de disciplinas y la permanencia de etapas espirituales anteriores, profundas, en nuestra propia actividad. Vico se muestra consciente de esta intersección crucial, de la interdependencia de niveles, postulando diversos "centros" para su propia obra: tan pronto una parte de la crítica destaca en este sentido la "sabiduría poética", como él mismo señala a Júpiter como el centro neurálgico de sus tesis; igual surge con fuerza como descubrimiento principal los "universales fantásticos", como creemos que la "historia ideal eterna" resume la aportación interpretativa del napolitano; tanto al principio una iconografía ha de dar la clave de lectura de la obra misma, como al final el epifonema sobre la piedad establece el enlace comprensivo necesario.

Este carácter multicéntrico, o poliédrico, tiene un paralelismo importante en la manera como la misma obra se desarrolla a lo largo del tiempo, cambiando los títulos y los centros de interés, y retornando los temas acompañados de nuevas cuestiones. Una ojeada a las diferencias de organización entre la Ciencia Nueva del 25 y la definitiva del 44 nos sirve para detectar las alteraciones genéricas y los descubrimientos relativos. Si la segunda está construida sobre estructuras ternarias (en realidad, impares), la primera parece pensada en términos binarios (propiament un biconocimiento): los filósofos y los filólogos, en el primer libro, a los que corresponden las ideas y las lenguas en el segundo y el tercero, respectivamente; aquí los temas nuevos se introducen como "principios", "demostraciones", o "descubrimientos", dentro de la serie binaria que organiza las partes. La Ciencia Nueva del 44 tiene una estructura genérica más complicada: un libro central dedicado a Homero, que se lee o bien como tesis específica de la investigación, o bien como demostración empírica de las teorías que le preceden y le siguen; una tabla cronológica seguida de cien páginas de "anotaciones" que abren el primer capítulo del libro primero, eso después de treinta páginas que sirven de comentario al grabado "que sirve para la introducción a la obra"; un libro segundo sobre la "sabiduría poética" que incluye a simple vista una especie de enciclopedia del conocimiento "poético"; o un libro cuarto estructurado en forma de series ternarias de conceptos, dedicado al devenir histórico. [7]

Un grabado, una tabla, largas anotaciones, vericuetos genéricos que nos obligan a saltar de registro en registro, de nivel discursivo en nivel discursivo. No hay un género común en la investigación: afortunadamente, el lector ha de habérselas también con una organización nueva de los conocimientos que le atraerá y le interesará por si misma. Si descendemos al nivel de los contenidos, las sorpresas revelan el mismo talante: encontramos refutaciones rápidas de otros autores, cuando se nos anuncia un principio claro y seguro; detalles de la política de Roma, bajo títulos genéricos de largo alcance histórico; etimologías y asociaciones fonéticas, detrás de avisos de una explicación histórica; narraciones de mitos que se entrelazan con deducciones generales, en cualquier parte de la obra. La traducción moderna parece inevitable (y con ella, a menudo, la fragmentación): tiende a deshacer los nudos interpretativos y a rehacer el vocabulario. La obra es así, y le agradecemos que nos inste a ordenar y a entender lo que fluye y se repite.

Cristofolini (1995:59-60) se entretiene a citar íntegros los "avisos" o sugerencias metodológicas que Vico redactó para la Ciencia Nueva de 1730 y después no incluyó en la edición de 1744: avisos que inciden particularmente en el modo de lectura y en la posible recomposición por parte del lector. Después de anunciar que la obra ragiona con un stretto metodo geometrico, Vico pide que el lector no abra al azar el libro ni lo lea a saltos, que proceda con orden, que esté atento y sobre todo "que no se maraville, si todas las conclusiones le salen maravillosas", lo che sovente avviene in essa geometria; el tercer aviso da cuenta de la erudición: Suppone la medesima una grande, e varia così dottrina, com'erudizione; dalla quali si prendono le verità, come già da te conosciute, e se ne serve come di termini, per far le sue proposizioni (Cristofolini, ibid.). Términos de las proposiciones, pues: no conocimientos por si mismos. El cuarto aviso definitivamente reclama la combinación de versiones y la interdependencia como requisito para la comprensión:
 

(...) Perché non è cosa, che da questa scienza si ragiona, nella quale non convengano altre innumerabili d'altre spezie, che tratta, con le quali fa acconcezza, e partitamente con ciascheduna, e con tutto insieme nel tutto; nello che unicamente consiste tutta la belleza d'una scienza. (...) (Cristofolini, ibid.)
 

Si falta eso, una mente comprensiva, y la "doctrina variada" para entender los términos de las proposiciones, al lector le pasará como a los duros de oído, que sólo oyen una o dos de las cuerdas más sonoras del clavicémbalo, con gran disgusto. El séptimo y último aviso, dirigido a la dificultad (Vico ya ha advertido que se lea al menos tres veces la obra), contiene todavía una enseñanza retórica: que qui poco si dice, e si lascia molto a pensare: e perciò ti bisogna meditare più addentro le cose; e col combinarle vieppiù vederle in più ampia distesa (Cristofolini, ibid.).

Las dignidades, los epigramas comprimidos en el capítulo de los elementos, tienen también esa función "combinatoria": como el cuerpo animado por la sangre, así deben correr y animar interiormente todo lo que esta Ciencia razona sobre la naturaleza común de las naciones (§119). Axiomas concebidos por el lado moderno como postulados, y concebidos como valores por el lado antiguo, como principios, en su sentido etimológico, como ha destacado recientemente Goetsch (1995). Aquí tampoco podemos prescindir de la bifurcación. Aparecieron como un índice temático (también dividido en dos partes) al final de la Ciencia Nueva del 25; despojadas de la narratividad en buena medida, ganando en forma epigramática y en referencias internas, las dignidades alcanzan el valor de postulados sobre la mente humana (lo que parece ser su último referente) en la presentación final del 44.

Este mismo talante para combinar la demostración lógica (o la argumentación lógica) y la forma narrativa o incluso las correspondencias textuales se demuestra también en el desarrollo del tema de "los gigantes" en Vico. Aparte de las peripecias textuales mostradas por Cristofolini (1995), la integración viquiana de los gigantes en las explicaciones sobre el origen de la humanidad exige tener en cuenta esas delicadas relaciones entre filosofía y poesía sobre las que tan bien ha dado cuenta Mazzola (1995). Había que extraer de las fuentes los datos antropológicos firmes (de su época), al lado de las implicaciones poéticas, los ejemplos a la vez que la génesis de las emociones; los textos, al lado de la argumentación sobre la humanidad primitiva. Imposible una argumentación unilineal. Como explica Mazzola, se trataba de una exploración de los datos históricos dirigida por la intención filosófica de Vico de transformar la gigantología tradicional en el prólogo de sus propios conceptos poéticos, y para eso era necesario operar a diversos niveles, tanto lógicos como filológicos.
 

3. Mi siguiente argumento, como he anunciado, tiene que ver con las disciplinas. Su punto de partida --y su exposición más completa, al mismo tiempo-- es el De nostri temporis studiorum ratione (1709). Aparentemente una aportación a la querella de los antiguos y los modernos, en realidad desplega sus opiniones sobre la genealogía de las disciplinas, concebidas como bienes sociales. El tema no era nuevo: J. L. Vives se había ocupado largamente en el De disciplinis (1531), con argumentos parecidos pero sin la presión de una "crítica" (en palabras de Vico) que acorralara la "tópica" tan apreciada por los humanistas. La Oración VI, preparada dos años antes, podría constituir un esbozo bastante fiel del argumento del De nostri temporis, más ajustado a las edades de la vida y al árbol de los estudios que el discurso de 1709, más completo y a la vez más centrado en la aplicación de la retórica.

Si me refiero aquí a las disciplinas, es porque traducen a otro nivel la historia de la interdependencias viquianas. Es también porque las encontraremos en la Ciencia Nueva despojadas de sus atributos, convertidas en términos de las proposiciones, formando parte de sintagmas complejos. En el capítulo sobre el método, Vico escribe: Por eso esta Ciencia debe ser, en uno de sus aspectos principales, una teología civil razonada de la providencia divina. (§342); y más adelante: De aquí que, por esto otro aspecto principal suyo, esta Ciencia sea una historia de las ideas humanas, de la que parece proceder la metafísica de la mente humana (§347); y más adelante aún:
 

Y para determinar los tiempos y lugares a esta historia, esto es, cuando y donde nacieron los pensamientos humanos, y de este modo ajustarla con su propia cronología y geografía, por decir así, metafísicas, esta Ciencia usa un arte crítico, o metafísico, sobre los autores de esas mismas naciones, en las cuales debieron transcurrir bastante más de mil años antes de que surgieran los escritores, sobre los que se ha ocupado hasta ahora la crítica filológica. (§348)
 

Y dos párrafos más adelante, encontramos: De modo que, por este otro importante punto de vista, esta Ciencia viene a ser una filosofía de la autoridad, que es la fuente de la "justicia externa", como dicen los teólogos morales (§350). [8] Como cabría esperar, estas declaraciones metodológicas surgen de los propios razonamientos que va hilvanando la Ciencia Nueva.

Fuera de este capítulo encontramos igualmente las intersecciones y las materias introducidas por sorpresa. El libro segundo de la Ciencia Nueva del 44 incluye nueve epígrafes de otras tantas disciplinas que componen el conocimiento "poético". Si invertimos los sintagmas, tendríamos nueve formas de creación de conocimiento, que abarcarían a las nueve disciplinas citadas. Sabemos que hay que tomar los títulos con el valor antiguo, y eso nos previene de algunas sorpresas. La "economía poética", por ejemplo, narra la creación de estructuras sociales elementales; la "política poética", la creación de instituciones de control y representación; la "geografía poética", la aparición de las primeras relaciones verbales sobre la tierra conocida. Eso cuando no intervienen en la narración fragmentos de otras explicaciones, pertinentes para construir el argumento. En realidad, las disciplinas son vistas en función del motivo histórico o social que genera ese tipo concreto de conocimiento, como elementos narrativos de una historia más compleja. Cuando llegamos a la "historia poética", se nos ofrece simplemente una narración, la de Cadmo, la recepción de la cual es cuidadosamente criticada y contrastada con otras historias y versiones. Efectivamente, en ese capítulo se trataba de conocer "la creación de las narraciones", y por supuesto, "las narraciones sobre la creación" y el proceso filológico que Vico aplica parece impecable. Como sabemos, la filología impregna casi todas las explicaciones, de la misma manera que su compromiso inicial con la refutación de ciertos filósofos dirige la empresa desde otro nivel. [9] Estamos, pues, ante géneros difusos, ante una auténtica reunión de versiones, que se niega a asumir una sola explicación metodológica. Vico resbala entre los géneros como los Sozzini en su traducción del versículo de san Juan. Unos y otro dicen más de lo que esperábamos, moviéndose libremente entre las fisuras de la sintaxis y la semántica. [10]

Mary Douglas dedicó un libro [11] a reflexionar sobre el conocimiento y las disciplinas como géneros institucionales, en unos términos absolutamente viquianos. Uno de los argumentos, por cierto también barajado por J. L. Vives, era el de la presencia de la religión entre el resto de sistemas de conocimiento, así como la persistencia de modos de creencia en general. Douglas insistía en el perjuicio que causaba para la comprensión de las instituciones sociales aislar la religión de las demás cosas. El tema del aislamiento contrasta vivamente con la interdependencia del conocimiento, con los planteamientos contextuales que promueven los géneros difusos. Vico se refiere al aislamiento al De nostri temporis justamente a propósito de la necesidad moderna de universidades:
 

(...) Así pues, tenemos instituidas universidades de los estudios, instruidas en todo género de disciplinas, en las que cada uno transmite una doctrina, cada uno sapientísimo en la suya.

Pero a esta ventaja se le opone el inconveniente de que las artes y las ciencias, que la sola filosofía contenía como bajo un solo espíritu, se encuentran hoy divididas y disgregadas. (...) Hoy (...) se es instruido guiados, acaso, en la dialéctica por un aristotélico, por un epicúreo en física, por un cartesiano en metafísica; se aprende la teórica médica guiados por un galenista, la práxis por un químico (...). Y así su formación es tan confusa y desordenada que, aunque sean doctísimos en los diversos campos, no son coherentes en la suma conjunta, que sería la flor de la sabiduría. (DNT, 434)
 

Notemos que el desorden y la confusión vienen del aislamiento. Reclamar las relaciones ante el aislamiento parece sensato. Insistir en lo que ponemos en común era también el argumento de Douglas. Quince años después, Vico escribiría a J. Leclerc sobre los posibles motivos de la incomprensión de su obra: repasaría a los filólogos, a los filósofos, a los leguleyos ("que charlan de todo, sin saber absolutamente nada"), a los que se dormirían con su libro entre las manos, para concluir que entre todos le acusaban "con diversas definiciones" de lo siguiente:
 

(...) Uno come audace sovvertitore della filologia canonica, un altro come inopportuno conglutinatore dei principi d'umanità con quelli della religione cristiana, molti come innovatore sofistico dei principi giuridici, tutti infine mi denigravano nei propri discorsi come oscuro e tenebroso. (EPISTOLE, 249)
 

Los defectos que Vico declara que le atribuyen son las mismas condiciones de su estilo y su trabajo: exploración de significados antiguos, intersección de ideas, argumentación nueva, reunión de tradiciones textuales. Seis años después, en la carta a F. S. Estevan de 1729, aún se referiría al conflicto de procedimientos que había presidido la genealogía de disciplinas del De nostri temporis: un "sentido común" que relaciona, con la "tópica" y el "ingenio", y un "método" que aisla, con la "crítica" y su "criterio de verdad". [12] El profesor de retórica reclamaba la pertinencia y el ejercicio de su disciplina. [13] El eje argumentativo de la genealogía del De nostri temporis era el uso de la elocuencia:
 

(...) Yo estimaría conveniente que los adolescentes sean enseñados en las ciencias y artes todas con juicio íntegro, para enriquecer los lugares de la tópica, y, en el interín, que cobren fuerzas con el sentido común para la prudencia y la elocuencia, y ganen firmeza con la fantasía y la memoria para las artes que destacan por estas facultades mentales (...). (DNT, 410)
 

De la misma manera que la prudencia opera a partir de circunstancias, la elocuencia ha de impregnar el resto de estudios, la medicina, la poesía, la jusriprudencia, haciéndolos sensibles a las circunstancias. Los doctos imprudentes prosiguen en línea recta de la verdad universal a la particular, andando a trompicones por los vericuetos de la vida; los sabios, que por los senderos tortuosos e inciertos de la práctica tienen los ojos puestos en la verdad eterna, ya que no pueden hacerlo en línea recta, dan un rodeo (DNT, 415). Chesterton o Borges podrían haber escrito estas líneas.
 

4. Como buen profesor de retórica, debía reconocer que el uso del latín --y más si era oral-- imponía un sentido preciso del orden. Sus Orationes, incluyendo el De nostri temporis, revelan un estilo más ordenado, unas correspondencias más estrictas entre lo que se anuncia y lo que se propone. Cuando Vico se decide por el italiano, crea su propio molde, abandona el canon formal y explica las cosas a su manera. Es entonces cuando encontramos el razonamiento por temas (topical reasoning), los párrafos con largas subordinaciones e incisos, los espléndidos rodeos filológicos, el oxímoron de los "universales fantásticos" plenamente desarrollado. [14]

Tomemos simplemente como ejemplo la conocida primera página de la Lógica poética: encontraremos una comparación con la metafísica, una definición que abraza "todos los géneros de significación", una referencia a los "poetas teólogos", el juego etimológico, que incluye la famosa analogía entre "mito" y "mudo"; el desciframiento de ese juego, con referencias a la religión y a los gestos; la adivinación, la imposición de nombres del Génesis y una primera referencia a las "hablas fantásticas por sustancias animadas", sobre las que se extenderá más adelante. Una página enciclopédica construida a partir del razonamiento tópico, a partir de circunstancias que se entrelazan. Su Ciencia Nueva responde, como debe, al mandato de la retórica, el descubrimiento y la interrelación de temas. La tradición de las sinécdoques, las metonimias y los símiles le debía de servir de estímulo en sus averiguaciones. A ello cabe añadir una idea que seguramente también dirige su propio trabajo e igualmente se transparenta en el estilo: la permanencia de significados antiguos, de viejas asociaciones persistentes en la etimología: (...) Como una poderosa corriente de un caudaloso río en el mar mantiene largo trecho los trazos de su curso y la dulzura del agua, así penetra la edad de los dioses (§ 629).

He de volver a Cristofolini (1995), al final, para cerrar mi argumento sobre la elocuencia al servicio de las disciplinas. A propósito de la Conclusión de la obra, Cristofolini destaca unas líneas de la edición de 1730 que desaparecen en la edición definitiva. Ocurren en la referencia al ricorso y la barbarie de la reflexión, y suponen, de alguna manera, un retorno a nuestro argumento: la relación de la retórica con el resto del conocimiento. Como si en esas líneas de la edición de 1730 se hiciera eco de la antigua discusión sobre el valor político y civil de la retórica (o, si queremos, del Diálogo de los oradores de Tácito), Vico aduce que la barbarie de la reflexión observa las palabras, y no la mente de las leyes, y que es esta superstizione delle parole lo que lleva a los hombres a confundir su juicio y a perder sus sentidos. La barbarie de la reflexión sería también el mal uso de la elocuencia. [15] El esquema ciceroniano de las palabras y las cosas surge de nuevo para indicar las vueltas de la historia. Vico no quería saber nada del verbalismo, de la retórica como ornamento, desconectada del resto de actividades. Como nos había explicado, su compromiso con el conocimiento implicaba el desarrollo de la elocuencia como trama para la combinación de las disciplinas, como trasfondo de sus idas y venidas intelectuales. Su traducción, en la que había ido más allá, era la Ciencia Nueva. Cuando estaba poniendo punto final, quiso tener en cuenta un antes significativo: la falsa elocuencia de los antiguos.
 
 
 

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